El 25 de noviembre no escribí nada. Pensé que era mucho mejor compartir la viñeta de Diana Raznovich, la rotunda viñeta, tan explícita, que escribir. No porque no haya nada que decir, todo lo contrario. ¡Hay tantas cosas que decir sobre la violencia de género! que una se queda sin palabras.
Las feministas llevamos desde la década de los ochenta con el conteo. Comenzamos contando las mujeres en los puestos de poder, las que estaban en el Congreso, en el Senado, en los consejos de administración… y ya sabemos qué cuentas nos salieron. Pero lo peor fue cuando comenzamos a contar a las muertas. Por increíble que parezca, nadie las estaba contando. Y eso quiere decir, sencillamente, que a ningún poder público le importaban. Los asesinatos de mujeres eran sucesos que ocurrían sin que hubiese relación entre uno y otro.
Así que hubo que comenzar a contarlas. Y después a denunciar lo que ocurría. Y claro, a estudiar el fenómeno. Y a ponerle remedio. A abrir casas de acogida, a reivindicar leyes… Cuánto trabajo.
Y cada 25 de noviembre, ocurre lo mismo.
Quienes no saben nada de los ciclos de la violencia, de por qué se maltrata a las mujeres, cuál es el móvil del crimen, la estructura patriarcal… son los que copan páginas y páginas de los periódicos, opinan desde las tertulias de radio, como el día antes opinaron de la crisis económica, de la falta de crédito o de las elecciones en Venezuela y mañana opinarán acerca de si Repsol se vende o no. Con el mismo desparpajo, con el mismo desconocimiento. Solo que, en este caso, dicen cosas tan sangrantes como que a los maltratadores hay que recriminarle su actitud. ¿Se imaginan opinando eso sobre los terroristas?
Cada 25 de noviembre ocurre lo mismo: una mezcla de impotencia, de dolor. Una profunda tristeza: por las mujeres asesinadas, por la violencia que nos rodea, por la doble moral que adorna discursos y actitudes. Y un profundo cansancio porque parece que hay que repetir lo obvio todos los días.
Y, luego, una se encuentra con informaciones como la pubicada el domingo 7 de diciembre en El Mundo sobre Maximino Couto, el maltratador que asesinó a su compañera en un permiso penitenciario y que solo la casualidad evitó que en vez de una, fueran dos las mujeres asesinadas puesto que el sistema de seguridad no funcionó cuando se dirigió a la vivienda de su ex mujer dispuesto también a matarla. Afortunadamente, ella no estaba pero nadie le puede quitar el miedo a esa mujer que convivió con el asesino 20 años ni a ninguno de sus hijos e hijas.
En el citado artículo, comienzan disculpando al asesino, en el primer párrafo y ese poso queda después de leerlo completo. Solo así (con esa disculpa, con esa minimización de los asesinatos de mujeres) se puede entender que en el CIS solo se muestren preocupados por la violencia de género menos de un 4% de la población, es decir, prácticamente quienes trabajan en este tema y las familias de las víctimas. Aún es peor el dato de que solo el 1% de las denuncias por maltrato que llegan a los juzgados sean interpuestas por los familiares de las víctimas. El resto, el 99% son las propias mujeres quienes ponen la denuncia.
¿Cómo era eso de que somos una sociedad democrática, justa, solidaria…?

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