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23 Mar 20091 Comentario
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11 Nov 2008
Pues no habría ganado las elecciones.
No seré yo quien no se alegre de la victoria del candidato demócrata. La esperanza que ha sembrado bien merece el despliegue mediático que ha recibido. Sin embargo, buena parte de las conclusiones de análisis político que han llovido tras la noche electoral como mínimo (concediéndoles buenas intenciones, que es mucho conceder), son erróneas.
El triunfo de Obama no significa, ni mucho menos, que cualquier persona pueda ser presidente de EEUU. Significa que cualquier hombre puede serlo. Y, por mucho que nuestros ilustres académicos se empeñen en convencernos de lo indefendible, hombre no incluye mujer.
Lo bueno de conocer la historia es que una no se lleva grandes sorpresas.
Ya lo decía Amelia Valcárcel en su magistral conferencia con motivo del 25 aniversario del Instituto de la Mujer, celebrada la semana pasada en Madrid:”Yo nací en el siglo XIII -que en esa época se encontraba la España de aquel momento-. Y, claro, así es muy difícil engañarme”.
Como les había ocurrido a las francesas durante su revolución, en 1789, las sufragistas norteamericanas también fueron traicionadas. Después de todo su trabajo en contra de la esclavitud, la recompensa fue que en 1866, el Partido Republicano, al presentar la Decimocuarta Enmienda a la Constitución que por fin concedía el voto a los esclavos, negaba, explícitamente, el voto a las mujeres. La enmienda solo era para los esclavos varones liberados.
Pero aún sufrieron otra traición más dolorosa si cabe. Ni siquiera el movimiento antiesclavista quiso apoyar el voto para las mujeres, temeroso de perder el derecho que acababa de conseguir.
Ante esa situación, Elizabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony llegaron a la conclusión de que la lucha por los derechos de las mujeres dependía solo de las mujeres y en 1868 fundaron la Asociación Nacional pro Sufragio de la Mujer (NWSA). Al año siguiente, Wyoming se convertía en el primer Estado que reconocía el derecho del voto a las mujeres. ¡Tan solo 21 años después de la Declaración de Séneca Falls -prácticamente el primer programa político feminista y que se expresaba de forma muy rotunda en contra de la negación de los derechos civiles y jurídicos para las mujeres!
Estado a Estado y con una movilización de las sufragistas incansable y casi frenética, por fin, en agosto de 1920, el voto femenino fue posible en Estados Unidos. Es decir, el sufragismo consiguió sus dos objetivos (derecho al voto y los derechos educativos) en un periodo de 80 años, lo que supone tres generaciones militantes empeñadas en el mismo proyecto.
De todas las mujeres que se reunieron en Seneca Falls, solo Charlotte Woodward, entonces una joven de 19 años, vivió lo suficiente como para poder votar en las elecciones presidenciales de 1920.
¿Necesitaremos otros 80 años a contar desde la victoria de Obama hasta que una mujer sea presidenta de EEUU? ¿Viviremos alguna para verlo?

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